Recuerdo que cuando tenía unos
diez años, hacíamos voluntariado con mi abuelita en el Hospital Teófilo Dávila de
Machala, la ciudad donde crecí, conocí a una niña que fue víctima de violencia
física y psicológica, violada por su padre y su madre, vendida a terceros. Yo
solo miraba a una niña como yo. La recuerdo como una niña bonita, dulce, aunque
de cara triste, era como una estrella sin brillo. Ella nunca volvió a hablar y se
quedó como en un mundo paralelo, ella se perdió en su mente y a los pocos años
murió.
A mis 31, me tocó acompañar a una
víctima de violación a la fiscalía de Quito, mi ciudad de residencia actual. Cabe
decir que, en cada paso, en cada escalón que bajaba se me venía a la mente esa
niña dulce de cara triste y cuando ví a la víctima, una indígena de unos 19
años, sentí que algo se me rompía dentro, su mamá, ella me contó lo que pasó y ella
me miraba con vergüenza, no decía ni una palabra.
Nos encaminamos a la fiscalía, en
el carro nadie hablaba, al llegar bajamos tomamos el turno y cuando nos tocó
que ella rinda su versión me chocó aún más que ella no hablaba bien el español,
se dio a entender y entre lágrimas y sollozos contó lo que le hizo él.
La agente tomó la versión y nos dio
un turno para que la revise la médico asignada, a la cita era al día siguiente,
ella nunca regresó, ya no quiso hablar, se fue de su casa, ella desapareció, el
proceso se archivó.
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