miércoles, 18 de marzo de 2026

Mi abue... 18/03/2025

 

Yo crecí en una ciudad pequeña que se llama “Machala”, crecí con mi madre (separada de mi padre) y mi abuelita (divorciada). Cuando había pasado mi adolescencia mi abuelita me dijo que ya era grandecita y que merecía saber cosas de adultos, se sentó, habló conmigo y me contó que ella fue violada tantas veces que dejó de llevar la cuenta y que casi la mata mi abuelo.

Ella endulzó su historia, mi mamá sí me contó los detalles que faltaban y con los años mi abuelita los confirmó.

Sin embargo, yo recuerdo mi niñez con mi abuelita de una manera especial.

 Ella era voluntaria en el “Hospital Teófilo Dávila” donde llegaban muchas personas sin recursos económicos, con pocas esperanzas de vida, y algunos casos de niñas y adolescentes violadas. Nosotros tampoco teníamos recursos de sobra, vivíamos con lo justo y necesario. Pero ella hacía hasta lo imposible por conseguir quien pague las recetas de los que necesitaban. Todos los días veía a personas llorar con ella, hasta gritar y mi abuelita las consolaba, les aconsejaba y les ayudaba.

 Pero ella en casa hablaba con mi mamá y algunas veces lloraba con ella y mi mamá era la que la contenía, al día siguiente seguíamos en la lid. Aquí se evidencia lo necesario que es el que una persona que se encuentra vinculada a estos casos tenga su red de apoyo, quien la contenga.

 Mi abuelo era millonario y obviamente cuando estuvieron casados ella se relacionó con gente adinerada y estas personas la querían mucho y ella utilizó esa amistad para que ellos ayuden a los necesitados. Creó una fundación “Amor y Esperanza” a través de ella ayudó a muchas personas que iban a ese hospital.

 Mi abuelo le ponía muchos adjetivos peyorativos e inclusive trató de atropellarla a ella y a mi mamá. Como fue de las primeras mujeres en demandar el divorcio en la ciudad, ustedes se imaginarán hasta de que más la tildó.

 En fin, los años pasaron la fundación se conformó de “damas ilustres de la ciudad”, aunque suena de antaño, así lo era, y las damas de la fundación trabajaban, ayudaban a la ciudad y hasta una clínica de epilepsia crearon.

 Mi abuelita, hasta fue homenajeada por la prefectura de Machala, jamás la abandonó su red de apoyo, sus amigas, las damas de la “Fundación Amor y Esperanza”.

 Cuando la vi subir a recibir el premio vi a esa mujer analfabeta, entregada de niña a un “marido”, violada, golpeada, injuriada, vilipendiada, agredida, brillar con luz propia, caminar con paso fuerte y demostrar la resiliencia de la que es capaz; y, escuchando a Tarana me di cuenta de que el ejemplo de sobrevivir y utilizar el trauma como motor para salir adelante fue el ejemplo de mujer con la que yo crecí.

 

Pd.: Mi abuelita aún vive, pero a veces ya no está.

 

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